Las mujeres que soy: La poesía como grito de rebeldía y autodefinición femenina (Alcé mi voz nº 1)

Las mujeres que soy: La poesía como grito de rebeldía y autodefinición femenina (Alcé mi voz nº 1)
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El desarrollo tecnológico, aunque resulte paradójico, ha potenciado esa tendencia que —a mi juicio— es positiva y alentadora.

Al menos en el ambiente de los estudios jurídicos la movilidad de los académicos ha fragmentado obsesiones parroquiales y ha potenciado debates con orientación universal. Quienes tenemos cargos directivos podemos viajar menos y, por lo mismo, debemos elegir con tiento a dónde y para qué se viaja.

Yo acepté hacerlo a Cuba para asistir a dos eventos distintos con menos de veinte días de distancia y no me arrepiento. Acudí, en compañía de un destacado colega y ex-presidente de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, para dictar una conferencia y aprovechamos mi estadía para firmar un convenio de colaboración que promete interesantes intercambios académicos venideros.

Nos hospedaron en el Hotel Palco —sobrio, grande, un poco decadente— dentro del mismo complejo arquitectónico que alberga al Palacio de Convenciones. Pude imaginarlo cuando me adentré en la sala principal que, por sus dimensiones e infraestructura, me recordó al recinto de la Asamblea General de la ONU. En esa Sala Plenaria tuvieron lugar el discurso inaugural del Presidente del Tribunal Supremo y Popular, Rubén Remigio Ferro, y algunas conferencias magistrales de personajes polémicos e interesantes, como el juez Zaffaroni de la Corte Interamericana o el Dr. Viacheslav M.

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Ninguna de las ponencias tuvo desperdicio pero me impresionó de manera especial el discurso del Presidente del Tribunal por su solidez teórica, su claridad argumentativa y, sobre todo, por el mensaje contundente de que el sistema constitucional cubano tiene que cambiar. Esta fue la constante de los mensajes oficiales y de las charlas de sobremesa. De los primeros merece la pena subrayar la claridad y la ausencia de retórica para aludir a un cambio constitucional inminente y necesario. Lo mismo vale para las reuniones protocolarias en las que departí con funcionarios locales e invitados internacionales en los que la constante fue hablar del proceso de transformación en curso de la sociedad y de la política cubanas.

Un cambio —se dijo— que ya es una realidad y que no hay forma —ni intención— de detener.

De hecho esa desconexión entre el movimiento y su destino encierra las encrucijadas de la Cuba actual. A lo largo de los tres días que duró el encuentro recibimos un trato amable y respetuoso.

Transcript

Nada de despliegues de autoridad y mucho menos desplantes autoritarios. Por el contrario, la sensación era de camaradería entre iguales con cierta obsesión por el bienestar de los invitados. Sobre el tema de la seguridad también hay algo que decir. Cuando abordamos el tema nos explicaron que no era un problema relevante. Ello, entre otras razones, porque en Cuba no hay armas de fuego. Por eso su sistema de justicia penal —basado en la oralidad— logra procesar muchos de los conflictos —pleitos, robos, abusos— a través de la mediación y con medios alternativos a la prisión.

Esa fue la preocupación que orientó la intervención —sólida, docta y experimentada— de mi colega, Sergio García Ramírez, en el congreso. La cereza del pastel de ese encuentro tuvo lugar en el seno del congreso. En la mesa en la que me correspondió participar intervino también la profesora Martha Prieto Valdés, a quién yo no conocía y quién me dejó impresionado. La profesora resultó una constitucionalista leída, actualizada y con ideas modernas, a pesar de hacer sido redactora de la constitución vigente desde En su discurso reconoció el valor de los derechos colectivos pero reivindicó con contundencia la importancia de los derechos individuales.

De hecho, el tema principal de su ponencia fue la ausencia —cuyas razones históricas explicó con claridad— de un recurso de protección de esos derechos ante los actos de autoridad. Por eso propuso que ese recurso se introduzca en la nueva constitución y argumentó a favor de que se oponga también frente a los abusos cometidos por los particulares.

En el auditorio —compuesto en buena medida por estudiantes universitarios— las ideas de la profesora Prieto generaron expectación y debate pero ninguna clase de censura. No podía ser de otra manera porque la profesora Prieto propuso cambios y reformas constitucionales concretas. Esas ideas provocaron que se discutiera sobre el método para aprobar una nueva constitución, la orientación ideológica de la misma e incluso temas relacionados con la jerarquía entre las normas, incluido el derecho internacional control de convencionalidad, lo llamamos los abogados.

La institución promotora de ese encuentro —el SELA— es la Universidad de Yale y, por lo mismo, en el grupo se cuenta con un destacado contingente de profesores norteamericanos. La experiencia suele ser interesante por lo que se discute, por quienes discuten y porque, año tras año, cambiamos de ciudad en el continente americano para sesionar. Así que aterricé de nuevo en el aeropuerto internacional José Martí con un nutrido y entusiasta colectivo de colegas y amigos para hospedarnos y sesionar en el —elegante, señorial, cómodo— hotel El Nacional.

Mi habitación, con vista al mar, era un pequeño recinto con muebles de época al que solamente —supongo que desde hace muy poco— lo ha invadido una pantalla de plasma. En verdad memorable. Como todos los años, el evento inició con una cena oficial en la que, en esta ocasión, desentonó el idioma del discurso de bienvenida. Me explico. En ese seminario existen tres idiomas oficiales —inglés, español y portugués— por lo que no era necesario que las palabras inaugurales fueran leídas por un joven cubano, estudiante de doctorado, en pésimo inglés.

Supongo que lo planeó como un gesto de cortesía pero provocó incomodidad entre propios y extraños y fue motivo de comentarios en los días por venir.

El problema —que quede claro— no era su escaso dominio del idioma sino la valencia simbólica —un poco de claudicación o renuncia— que para algunos tuvo ese gesto que nadie esperaba y que resultó políticamente incorrecto. Se sentaron juntos en todas las sesiones y coordinaron sus participaciones en corro.

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En contraste, la estrategia cubana parecía la de una representación nacional ante un organismo internacional. Así las cosas, los colegas cubanos, pudieron comentar entre ellos lo que se estaba discutiendo y elegir quién, a nombre de todos, colocaría sus argumentos en la mesa de deliberación. Al final casi todos sus puntos provocaron cavilaciones y debate generalizado y, como pretendo dar cuenta a continuación, nos permitieron aprender mucho del momento y los dilemas que se viven en Cuba.

Al escuchar las discusiones confirmé lo que había aprendido en mi viaje precedente: la transformación cubana es imparable pero su destino es incierto. Para explicar los detonadores de la mutación hay que mirar varios factores pero dos son determinantes: las nuevas tecnologías y la crisis económica mundial de Ahí la política es el factor que se impone y modula tanto a la economía como al derecho.

En ese proceso la presión generacional juega un papel relevante. Actualmente el promedio de edad en la Asamblea Nacional es de 70 años pero en las provincias gobierna una nueva generación que tiene 46 años en promedio con una presencia creciente de mujeres vgr. El problema es que la edad no garantiza un cambio de mentalidad. En ese cuerpo, de hecho, el promedio de edad es de 63 años y la presencia de jóvenes es escasa. Así que la renovación generacional debe suponer un cambio cultural que —aunque algunos vislumbran— no se ha verificado.

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Para definir la ruta de esas disyuntivas la variable generacional puede ser determinante. Hoy, en Cuba, todos hablan de una reforma constitucional integral pero no hay acuerdo sobre el método para aprobarla y tampoco existe claridad sobre su orientación ideológica. Sobre el método, una opción es que la nueva constitución sea propuesta por el gobierno ante la Asamblea Nacional. El riesgo en este escenario es desfondar la legitimidad del nuevo documento. Así que el acuerdo cupular puede ser mal visto por el pueblo.

Entonces queda abierta la posibilidad de repetir la ruta del referéndum. El fantasma de la ilegitimidad campea de nuevo. En esta segunda dimensión gravita con fuerza el peso de la identidad socialista de la actual constitución. De lo que nadie duda es de la inminencia del ajuste a la constitución vigente que ya que no moldea ni orienta a la realidad política, social y económica del país.

En el plano económico la principal lección que aprendí es que Cuba no va en dirección a un modelo de libre mercado como China o como Vietnam. Así que, de nuevo, reemerge el dilema sobre la propiedad privada. Un dato interesante, que emergió a propósito de la comparación con China y Vietnam, es el de la identidad cultural. En los debates emergió esa realidad desde una arista cultural.

En ese contexto, se resaltó el dato de las películas norteamericanas en la televisión estatal. Algunos temas y debates relevantes quedaron en el aire a pesar de que fueron expuestos por los integrantes de diversas delegaciones sobre todo de la norteamericana, la peruana y la chilena. Por ejemplo, la discusión sobre la libertad de expresión —entendida como pluralidad de medios— fue desdeñada por nuestros anfitriones y lo mismo el debate sobre la inexistencia de un sistema de partidos plural. Ambos temas fueron planteados en diversas oportunidades sin obtener respuestas aceptables al menos desde la perspectiva del constitucionalismo y de la democracia liberales.

Pero un par respuestas merecen ser reproducidas por sus dobleces, su filo o su desatino.